lunes, 16 de agosto de 2010

El Big Sur y "Entre Copas" (pudo ser "Entre Rejas")

Teníamos ganas de escapar del frío de San Francisco y de conocer una de las carreteras míticas de los Estados Unidos (y puede decirse que de todo el mundo) la "Road 1", que recorre parte de la costa californiana, y poder ver así los paisajes más impresionantes de esta parte del país. Esta vez no tuvimos ningún problema al recoger el coche y es que tras las experiencias anteriores tuvimos el buen juicio de reservarlo previamente por Internet.


 1000 millas y 60 € de gasolina por todo el camino...

Durante todo el viaje me he lamentado de no haber alquilado un Ford Mustang, espinita que espero sacarme esta misma semana, ya que nuestro Hyundai funcionó de perlas, pero no es lo mismo que la experiencia de conducir el coche de mis sueños y que dudo que algún día pueda llegar a tener.


Las focas vacilando...

Tardamos aproximadamente dos horas en llegar a Monterey, la primera parada de nuestro viaje. Monterey es un pueblecito costero precioso (aunque bastante turístico) en el que el paseo al lado del muelle es un placer por si mismo. Una gran colonia de focas habita en el mismo puerto y se convierte en una de las atracciones más clásicas del pueblo, además de las tiendecitas y restaurantes en los que puede degustarse buen pescado y así salir de la dieta carnívora que a veces te ves obligado a seguir en Madrid.


La pereza...

No obstante nuestra parada fue muy breve, ya que teníamos ganas de continuar camino y sumergirnos cuanto antes del el Big Sur. Apenas callejeamos por la zona del puerto, hicimos unas fotos, observamos boquiabiertos las maravillas de cuatro ruedas expuestas en la Rolex Monterey Motorsports, una exposición de coches clásicos y deportivos, auténticas maravillas de coleccionistas, y rápidamente volvimos a la carretera.


El Lincoln que transportó a Kennedy...

La idea original era detenernos en Carmel y comer allí, pero el GPS nos jugó una mala pasada (o tal vez fue mi propio despiste) el caso es que dejamos atrás la salida del pueblo del que fue alcalde Clint Eastwood y nos lanzamos directamente a la Ruta 1, a disfrutar de los ancantilados. En una sucesión interminable de curvas y más curvas, plagada de espacios donde detener el coche y observar fascinados la inmensidad del Océano Pacífico.


La inmensidad...

Por desgracia el día continuaba nublado y la majestuosidad del paisaje quedó un poco empañada por tantas nubes, pero aun así disfrutamos de lo lindo observando como la naturaleza parece triunfar sobre el ser humano con su fiereza a la hora de esculpir la geografía de este terreno.


El retiro perfecto...

Pudimos parar a mitad del camino en una tienda de carretera, un pequeño puesto para comprar unos sandwich y darnos cuenta de que allí también era posible conectarnos a Internet, de forma que lanzamos varios mensajes en Twitter manifestando nuestro gozo por el camino que estábamos haciendo.


Chip y Chop...

No nos interesaba detenernos en Morro Bay  ni ver el Castillo de Hearst, de forma que tras tantas paradas como quisimos durante la ruta, acabamos saliendo de ella para encarar la última fase de nuestro primer día de viaje: Bueltton y el Condado de Santa Barbara. Zona de viñas, de cultivo de deliciosos vinos que queríamos probar y disfrutar.


Viñedos y más viñedos...

Llegamos a Bueltton a eso de las 7 de la tarde. Teníamos la reserva en el Hitching Post a las 9 de la noche, de forma que decidimos ir a hacer un "tasting" antes de cenar. Y ahí vivimos uno de los momentos más tensos posibles. Al llegar a un semáforo detuve el coche en el carril central, completamente convencido de que, junto con el de la izquierda, me permitía girar. Esperé a que el semáforo rojo cambiara a verde para hacer el giro por lo que me pareció una eternidad. Un coche se detuvo detrás de mi, pero aquí no usan el claxon como en España, de forma que en vez de recibir una pitada inmensa por estar parado, aceptó la situación tranquilamente.


El Days Inn, el hotel de Entre Copas, minutos antes del "susto"...

Quién no la aceptó fue un coche de policía que en ese momento se cruzó con nosotros. Fue girar por fin a la izquierda y el patrullero lanzar sus sirenas con el inequívoco gesto de exigir que nos detuviéramos.

Es difícil reproducir el diálogo entre el policía y este que escribe. Especialmente cuando nos exigió el pasaporte, que alegremente habíamos dejado en Berkeley, con la idea de que el pasaporte conviene mantenerlo en lugar seguro. Por fortuna nuestra cara de acojonados empanados nos salvó de una multa u algo peor. Y es que en este país no se andan con chiquitas. Será el paraíso de la libertad, pero todo está prohibido, incluso detenerse por error en un carril equivocado de un semáforo.

Finalmente el policía con cara de muy pocos amigos nos dejó marchar, no sin aguarnos la idea de hacer un "tasting". Ante la experiencia se nos habían quitado las ganas de buscar la "tasting room" de forma que, tras una cerveza en el pub del hotel, nos dirigimos al Hitching Post para emular a los personajes de "Entre Copas".


Gran vino, a precio... ufff...

Por supuesto el Hitching Post es un restaurante con mucha fama, especialmente a raíz de la película, pero hay que reconocer que tampoco es para tanto. Eso sí, antes de decidirnos por el vino que tomaríamos pudimos catarlo. Nos pareció delicioso, un Sirah embotellado expresamente para ellos, de forma que disfrutamos bastante más con el vino que con la comida, bastante normalita.


El color del dinero....

Antes de retirarnos a dormir nos quedaba hacer una cata de otros espirituosos variados en el Pub del hotel. Jugar al billar, al puro estilo americano y prepararnos para el siguiente día, en el que Los Angeles nos esperaba...

(Recuerda: Un voto AL DIA. Vamos muy retrasados pero todavía no es imposible...)

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