domingo, 8 de agosto de 2010

Orgánico y no tanto

Hoy queríamos explorar un par de zonas cercanas a nuestra casa y hacer eso que gusta tanto por estas latitudes denominado shopping. A decir verdad era más a mi santa a la que le apetecía lo del shopping, pero tampoco me resistí demasiado con la perspectiva de encontrar algún disco o algo de ropa interesante para comprar. Tras revisar rápidamente el oráculo de Google encontramos que a un par de estaciones de North Berkeley podíamos visitar el Fleamarket de la ciudad. En concreto en Ashby,  a donde no tardamos ni un cuarto de hora en llegar. La decepción no pudo ser mayor. Apenas una treintena de furgonetas cargadas con trastos inservibles, ropa vieja, mala bisutería y poco más que contar. Lamento ser tan poco asertivo, pero la máxima de "lo que es basura para mi puede ser un tesoro para ti" no acaba de convencerme y, tras revisar todos los puestos y aspirar más humo de marihuana que nunca, nos dimos cuenta de que no había gran cosa para comprar. Aun así conseguí un disco que me miraba triste desde su portada mil veces manoseada y acabé gastando 3 $ para recordar como sonaban Alcatrazz en 1984.


Ni idea de lo que puede ser eso, pero al parecer es comestible...

De vuelta a Berkeley, la siguiente parada era Center St. donde los sábados por la mañana se establece el Freshmarket, un mercado de productos frescos y orgánicos. La visita en si era más por la curiosidad de observar a los visitantes y a los vendedores que por los productos allí mostrados. Indudablemente en esta zona del mundo la obsesión por la comida sana está convirtiéndose en una religión, pero tal vez Berkeley sea el centro de ese santuario. Granjeros venidos de todas partes de California ponen a la venta sus productos a precio de oro. No parece importar a los compradores que alegremente van llenando sus cestas de mimbre con frutas y verduras de todos los colores posibles (olvídate del plástico aquí). Eso sí, pudimos encontrar una curiosidad inesperada, y es que no todos los días uno se encuentra "pimientos de padrón" a la venta en un mercado callejero a tantos kilómetros de Galicia (de un Padrón un tanto lejano, vamos...).


Uns pican e outros non...

Tras comprar algo de pescado fresco, convenientemente convertido en filetes sin espina, piel o cualquier elemento que pudiera recordar que lo que nos vamos a comer ha salido del mar, disfrutamos unos minutos de unos músicos callejeros tocando jazz improvisado. No deja de fascinarme la cultura musical de Estados Unidos. Cualquier sitio es bueno para que un grupo de músicos comiencen a tocar y lo hagan fantásticamente bien. Lo de menos es el estilo que interpreten. Siempre son capaces de sacarte una sonrisa y de sorprenderte con la calidad de su interpretación.


Jass it up, boys!

Una vez revisado todo el mercado callejero tomamos University Ave. con dirección a San Pablo Ave. Pese a estar relativamente cerca de nuestra casa hasta hoy no habíamos explorado esa zona. Gran error, que por fortuna subsanamos. San Pablo Ave. rompe con el ambiente hasta cierto punto estirado del resto de la ciudad. Según nos acercamos empezamos a ver restaurantes indios, un clásico en esta zona, afganos y pakistanís. Cambia el color de la piel de los transeúntes que nos encontramos por la calle, aumentando poco a poco en número e incrementándose el olor a especias, que nos evoca países muy diferentes del que estamos en estos momentos.


 Falta una semana para una gran fiesta...

Ya en San Pablo Ave. encontramos Mi Tierra Foods, el supermercado que definitivamente vamos a adoptar a partir de ahora. Con género de primera y precios mucho más ajustados a la realidad de la gente normal, Mi Tierra es un supermercado mexicano. En él el idioma que se escucha permanentemente es el español y, aunque eso sea lo menos importante para nosotros, lo que si es interesante es poder comprar productos frescos sin tener la sensación de que nos roban cada vez que salimos a comprar alimentación. De hecho, los chuletones que comimos hoy, tan solo nos costaron 3 $ cada uno (con uno para los dos tuvimos de sobra). Un gran descubrimiento al que volveremos con frecuencia.


El sabor hacía honor a su pinta. Exquisito...

En frente de Mi Tierra Foods hicimos la parada del vermú. No hemos conseguido adaptarnos al horario americano, de forma que a la 1 de la tarde lo que más nos apetece es tomar una cerveza fresquita. Y así lo hicimos en Acme, un garito especializado en whisky, con más de 50 variedades del agua de fuego y con parroquianos eclécticos: desde lo que aquí denominan White Trash, tatuados hasta las cejas, hasta mexicanos zumbándole al tequila y alegres de hablar con alguien de España. Fue un ratillo divertido y es bueno saber que tenemos cerca un tugurio de estas características.

Tras abrevar nuestras cervezas iniciamos el camino de vuelta a casa para encontrarnos otra de esas curiosidades que aguardan en cada esquina de Estados Unidos: Una tienda de 99 centavos Only. Algo así como un "Todo a 100", pero gigantesco y especializado, no en gadgets absurdos, sino en alimentación. Entramos y chafardeamos un rato entre los lineales aunque no llegamos a comprar nada. ¿Quién dijo que aquí todo era caro?

Antes de encarar nuestra calle, Franklin St., paramos en The Spanish Table. Sabíamos de su existencia pero entendíamos que un mes era un tiempo muy breve como para echar de menos los productos españoles. Tal vez nos equivocamos, de forma que entramos y recorrimos la tienda para saber donde escapar si de pronto tenemos antojo de jamón ibérico (aunque a 50 $ el paquetito me da la impresión de que se nos pasará el antojo antes de llegar).


Si se nos antoja algo, solo tenemos que salir corriendo...

Al lado de The Spanish Table está el Albatross, un pub clásico de Berkeley donde recalaremos en un rato para escuchar nuestro primer concierto de jazz y tomar unas cuantas pintas. Y es que, un sábado por la noche, en Berkeley, qué mejor que remojar la garganta, ¿no?...

sábado, 7 de agosto de 2010

Ocho horas de paseo...

Hoy volvimos a San Francisco. La verdad es que hace un par de días empezamos a arrepentirnos de haber cogido el alojamiento en Berkeley. Pensamos de forma equivocada que el hecho de estar cerca de la Universidad iba a ser mucho más cómodo y que la tranquilidad que prometía la ciudad universitaria era más interesante de lo que realmente está siendo. A decir verdad Berkeley está muerto. Da igual que pasees por el Gourmet Ghetto o por Telegraph St. Manzanas y manzanas de casitas unifamiliares en las que todavía nos preguntamos si vive alguien (a tenor de los coches aparcados en la puerta así debería ser). Y es que da igual la hora a la que pasees por la calle, no hay ni un alma. No se oyen niños, ni adolescentes, no hay nadie paseando un perro, no huele a barbacoa, no hay ruido, no hay nada. Triste lo que ha quedado de aquella revolución, cuarenta años después, en una ciudad que parece un fantasma de lo que un día llegó a ser.

Obviamente San Francisco es otra cosa. Cada vez que volvemos a ella nos sorprende su belleza y la cantidad de rincones que tiene por explorar. Vamos a estar un mes y ya nos da la impresión de que ni tan siquiera vamos a atisbar la punta de un icerberg de vida y ambiente. Podremos recorrer sus calles más importantes, regodearnos en sus esquinas y escalar sus cuestas, pero se nos escapará sin posibilidad de llegar a, tan siquiera, tocar una parte de su magia.


El Golden Gate, semioculto, pero siempre ahí...

Hoy bajamos del BART en Embarcadero, para comenzar a caminar por el Distrito Financiero, no muy diferente de los de la mayoría de ciudades norteamericanas. Con el toque fastuoso de los inmensos bancos y los edificios de arquitectura de comienzos de siglo (que en esta ciudad hubieron de ser reconstruidos tras el terremoto y el incendio de 1906). Pasamos cerca de la Cámara de Comercio y en Sacramento St. entramos en el Museo de Wells Fargo. No es un museo especialmente grande, pero está situado en las mismas oficinas del banco, tiene una colección interesante de fotografías de las primeras mujeres banqueras de Estados Unidos y, sobre todo, tiene varias diligencias en las que fotografiarse. Vale, en Almería se rodaron muchas pelis del oeste con carruajes parecidos, pero estos son de verdad, así que hay que echar la foto de rigor antes de continuar por Sacramento St. hasta Kearny St, apenas un par de manzanas y sentirte transportado a China.


Eh, no te pases un pelo...

El otro día pasamos por Chinatown en el autobús. Hoy lo pateamos a fondo, aunque volveremos, no me cabe duda. Muy turístico, por supuesto. Pero con precios tan económicos como uno puede imaginar en cualquier barrio chino de Estados Unidos. Muy interesante fue el observar las fruterías y ver que, lejos de tanta zarandaja de productos orgánicos a coste de ojo de la cara, los chinos son capaces de tener sus tiendas completamente repletas de productos frescos y difíciles de encontrar en los pijo-supermercados californianos. Vamos, que incluso mi santa no se resistió a comprar una docena de huevos de codorniz a un dolar, algo más baratos de lo que cuestan en España (y es que, en una ensalada, esos huevecitos son un manjar delicioso).

Perderse por Chinatown es enfrentarse a olores y a visiones sorprendentes. Desde las personas que te rodean hasta la arquitectura, que no se sabe nunca muy bien si es tan recargada fruto de una autoparodia o simplemente una forma distinta de entender el mundo. Hombres, mujeres y niños que hablan solo chino. Y turistas, eso sí, decenas de turistas buscando la ganga. Tal vez la noche cambie la cara del barrio, pero de día se mezcla lo típico con lo tópico.


No es un templo, es una casa de vecinos...

Casi sin darnos cuenta llegamos a Columbus Av. la zona en la que China se funde con Italia y los letreros en chino dan paso a las farolas con la bandera de Italia decorándola. Tomando Broadway St. nos adentramos en North Beach, el barrio en el que la generación beat vivió y se dio a conocer. Bohemio, intelectual, con la mezcla de los peep show y los cafés italianos, el barrio se ha convertido en lugar de peregrinación de mucho popie despistado tratando de alcanzar el espíritu de Kerouac. Y qué mejor que hacerlo entrando en City Lights, una de sus librerías estrella. Merece la pena pasear entre los estantes y, hacer caso a los letreros que dicen, "coge un libro, siéntate en una silla y disfruta", aun a riesgo de haber olvidado las gafas de pasta en casa y no encajar del todo en el misticismo que se respira.


Vale, me gustó esta foto mal tirada, si...

Disfrutamos del momento de relajación forzándonos a no comprar nada (es la primera vez que veo la revista del órgano oficial del partido bolchevique y el número a la venta era de este mes) para salir de nuevo a Broadway y entrar en el Museo Beat, donde se guardan algunas de las primeras ediciones de obras de Burroughs y cuya visita es obligada (y por qué no decirlo, la foto al Hungry I si no pasas por allí a una hora en la que hacer la gracia y entrar). Ojo, el Hungry I es un club de striptease, pero en su día hasta Billy Hollyday actuó allí, así que puesto a hacer la culturetada siempre puedes decir que lo tuyo es la historia profunda del Jazz. Y no, estaba cerrado cuando estuvimos en la entrada...


 Ah, gran Buckowski, te echamos de menos...

Tras el Museo Beat conseguí engañar a mi santa para subir la rampa de Kearny St. Lo cierto es que puede resultar agotadora, pero las vistas que desde allí ofrece la zona más moderna de la ciudad hacen que merezca la pena castigar un poco los gemelos.


Todavía tengo flojera de piernas, y faltaba lo más duro...

Además, tras la escalada, la parada en el Café Trieste, uno de los sitios más míticos del barrio, supo mejor, especialmente la cerveza helada, Anchor Steam Beer, que recorrió mi garganta haciéndome retomar fuerzas mientras sentía que el espíritu de Bukowski estaba cerca, mirando desde algún sitio con su mueca eternamente desagradable.


¿Qué café?... cerveza!!!!


Una vez saciada la sed continuamos por Columbus Ave hasta llegar a Filbert St. y, tras ver la Iglesia de San Pedro y San Pablo, encarar Filbert St. hacia la Coit Tower. Realmente la torre no tiene más interés que subir a uno de los puntos más elevados de la ciudad y desde allí poder hacer la consabida foto hacia todas las direcciones. Entrar cuesta 5 $ por persona y entre subir y bajar casi tardamos una hora, pero lo cierto es que la vista mereció la pena. Eso sí, tras ella la bajada por Greenwich St., con mas escalones de los que jamás en mi vida pude soñar, nos dejó prácticamente para el arrastre.



Alcatraz al fondo, y parecía que estaba cerca...

Habíamos llegado al Embarcadero y después de ver que era imposible comprar un pase para visitar Alcatraz antes del 15 de agosto (si pretendes venir a ver La Roca, compra las entradas por Internet con anterioridad o no habrá manera) empezamos a sentir nuestros estómagos en la planta de los pies. En esta ocasión elegimos para comer el Pier 23 Café, un pequeño restaurante con una bonita terraza enfocada a la Bahía y un menú bastante ajustado de precio. Pedimos pescado, pero la especialidad, al igual que en todo San Francisco, es el Crab, una especie de Buey de Mar que hará las delicias a los amantes del marisco (no es mi caso, por lo que tampoco he visto el momento de probarlo).


Comer con esta vista hace que todo tenga mejor sabor...

Fue una comida agradable tras la cual decidimos no dormir la siesta en esta ocasión y bajar la comida con un paseo hasta el Mercado del Puerto de San Francisco. Sin duda el mercado más pijo y snob en el que he estado en mi vida, pero cuya visita ha merecido tanto la pena como todo el día. Olvidando los precios disparatados, solamente observar a los clientes no turistas, que los hay, los productos más originales (y absurdos, por qué no decirlo), y los precios, el dineral que cuesta todo, hace que el espacio más caro de nuestro país tenga tufillo a mercadillo barato. Hubo muchas muestras, pero no me resistí a hacer una foto a uno de los pocos vinos españoles que pueden encontrarse. A un precio de... 12 dólares... ¡el tetrabrik!


No hay narices para hacer kalimotxo con esto, ¿eh?

Estábamos ya rotos, pero todavía nos quedaba la sorpresa final, encontrarnos con los fans del Raygun Ghotic Rocketship. No teníamos muy claro en qué consistía, salvo en una cantidad bastante considerable de frikis paseándose en torno a un cohete, pero en esta ciudad hay tanta gente "original" que casi nada puede sorprenderte. Así pues, tras sentir que nuestro particular reloj espacial empezaba a llamar la atención fuimos conscientes de que llevábamos ocho horas en danza y que todavía quedaba volver a Berkeley...


¿Frikis? tantos que es imposible contarlos...

(Recuerda, si te apetece echar un voto para el proyecto sabático, ya sabes, CLIC AQUÍ. ¡Gracias por tu apoyo!)

viernes, 6 de agosto de 2010

Cosas y más cosas...

Hay cosas realmente sorprendentes en Estados Unidos. Este viaje, el tercero en lo que va de año, está sirviendo para que pueda ser consciente de ellas al estar mucho más tiempo y no tener presente siempre el calendario de vuelta. Casi llevamos una semana en California y si hay algunas cosas que hemos descubierto y otras que, a pesar de ser conocidas, resulta interesante volver sobre ellas.


Hippys... aquí nacieron...

Lo primero que nos sorprende en este país es la comida. O al menos de este estado. Las cantidades no son excesivas, pero cuando llevas varios días aquí empiezas a pensar que todo sabe igual. Una mezcla de sabor extrañamente salado, que recuerda levemente al avecrem, y al que todos los platos parecen recordar. California es el paraíso de la comida orgánica y como tal en todos los supermercados es posible encontrarla. Pero junto a ella no es fácil comprar pescado fresco (y mucho menos si este pescado tiene cara de pescado, es decir, no está convenientemente troceado en grandes filetes), el color de frutas y verduras parece ser más importante que su sabor (en ocasiones las frutas parecen dignas del mejor bodegón más que un alimento), y los precios pueden llegar a ser disparatados al bolsillo de un español. Es curioso, hasta ahora cada vez que había venido a los Estados Unidos me había parecido que los precios eran bastante similares a los españoles, pero en este viaje, tal vez sea California, pero todo me está resultando carísimo. Pagar por un paquete de pan de molde más de 6 $ o 3,5 $ por una docena de huevos hace que uno se replantee qué tipo de sueldos pueden llegar a cobrar en esta parte del mundo.


Comida sana... o no... aunque, cara siempre...

Por otro lado, estos días me estoy enfrentando a algunas certezas avisadas a través de los medios de comunicación, pero absolutamente reales. La primera es que si fumas más vale que asumas que aquí nadie lo hace. O sí. Los homeless y la gente más extraña que puedas ver andando por la calle son los únicos que tienen un cigarrillo en sus manos. Como ex-fumador desde hace tres semanas esto me parece increíble. Pero por lo menos el mono que sigo teniendo se ve mitigado con la conciencia de que si quiero evitar ser mirado como un delincuente más vale que me mantenga alejado para siempre del huma. Por cierto, el tabaco no baja de los 8 $ el paquete, de forma que tampoco está precisamente al alcance de todo el mundo. Ah, en cualquier caso, el consumo de marihuana está siendo despenalizado, de forma que es posible que veas a poca gente fumando pero el olor a porro te asalta en muchas ocasiones, especialmente en entornos de fiesta o concentraciones humanas.


Es una foto, el olor no entra en ella...

Si te gusta el café y si te gusta tomarlo a todas horas, serás feliz. Café poco cargado y en inmensos cachirulos de cartón. Comprar y llevar. Para beberse dando pequeños tragos. Por supuesto si eres amante de Starbucks esta es tu tierra. Y si no, también. En Starbucks la red wifi es gratuita y, aunque en California es posible encontrarse con wifis abiertas, no falla. Si necesitas conexión a Internet siempre tendrás la AT&T de los cafeteros dispuesta a servirte.

Huele a comida por las calles. Tanto que nunca sabes exactamente qué hora es la buena para comer o cenar. Al final te das cuenta de que, desde las 11 de la mañana y hasta las 10 de la noche, cualquier momento es bueno para darle al diente. Tal es así que hoy vamos a cambiar la comida por el "dinner", y aprovechar que tenemos cerca el Gourmet Getto para descubrir la cocina thailandesa de Berkeley, considerada una de las atracciones de la ciudad. Hoy fue un día tranquilo. Pero la noche promete ser excitante...

  
Cocina Thai, ha sido muuuuy intensa...

jueves, 5 de agosto de 2010

Juegos, submarinos, hamburguesas...

Hoy volvimos a San Francisco para quitarnos la espina del primer día y poder hacer el recorrido completo del tranvía. Como comenté, no es el método más cómodo de transporte en esta ciudad. Sin duda las líneas de autobuses que la recorren son mucho más rápidas y no van cargadas de turistas, pero si vienes hasta aquí no puedes dejar de hacer ese recorrido que te lleva a Fisherman en esa preciosa vagoneta traqueteante y decadente.


 Dispuesto a coger el Tranvía y pelado de frío...

Nada más llegar a la parada nos tocó en suerte una familia de españoles de esas que salen en la tele en los programas costumbristas que últimamente se han puesto tan de moda. Él, de mediana edad, armado con sudadera del Atleti y (lo juro por lo más sagrado) con riñonera de la Junta Municipal de Carabanchel. Ella, mucho más acorde con la tienda cercana de Armani, esa horterada sublime de Union Square, y como complemento de ambos (sin correa), dos seres bípedos del género femenino en los albores de la pubertad que no paraban de mostrar que el hombre y el mono no tienen tan lejano su eslabón perdido. Por fortuna quedaron atrás cuando alcanzamos la plataforma del Cable Car y nuestros compatriotas decidieron que el vagón estaba ya muy lleno. Momentos como esa media hora de espera son los que me motivan a empezar mis clases de inglés para poder disimular mejor mis orígenes.


Pues no es un museo, es la tienda de Armani...

La llegada a Fisherman´s Wharf fue mucho más rápida que la del domingo, de forma que tuvimos mayor tiempo para explorar las tiendas de recuerdos que abarrotan el barrio y para que, por tercera vez en lo que va de semana, me felicitaran en una de ellas tras el consabido "From Spain" después de la pregunta lógica al guiri de los pelos largos del "Where are you from?". Sin duda el haber ganado el mundial hace que podamos ir fardando de país como nunca lo habíamos hecho antes.


Echarse una partida al Galaxian no tiene precio, bueno, si, 25 centavos...

Una visita que nos había quedado en el tintero el domingo era el Pier 45, donde se encuentra el Musee Mechanique, una auténtica maravilla de museo de juguetes antiguos. La entrada es gratuita y todos los juegos son viejos cachibaches mecánicos que funcionan perfectamente con monedas de 25 centavos, además de tener una buena colección de maquinitas de la primera época de los vídeojuegos. Una frikada deliciosa que me hace pensar si no sería posible hacer algo así en España y recuperar aquellas mata marcianos de comienzos de los ochenta al lado de los engendros mecánicos del siglo XIX y ponerlos todos juntos a disposición de las nuevas generaciones.


 En mi vida había estado tan cerca de un submarino...


El museo tiene una salida directa al muelle donde se encuentran atracados el USS Pampanito, un submarino de la Segunda Guerra Mundial y el SS Jeremiah O´Brien, un mercante que llegó a ser utilizado en el Desembarco de Normandía y que todavía hace cruceros por la Bahía. Merece la pena echarles un vistazo y ambos barcos se pueden visitar al precio de 10 $. Pero nosotros estábamos más interesados en acercarnos al Golden Gate para, al menos, poder inmortalizar el inmenso puente rojo. Así pues pusimos nuestros pasos hacia el mítico puente para acabar dándonos cuenta de nuevo de que las distancias aquí son inmensas. Durante un rato inacabable anduvimos y subimos cuestas para al final terminar recorriendo parte del Distrito de Marina y una vez llegamos al Exploratorium decidir volver otro día con mayor visibilidad (para no variar la niebla hoy ha sido muy espesa).


 Casitas de "pobres" en el Distrito de Marina...

Marina es un distrito en el que la capacidad económica de esta ciudad se muestra  sin ningún tipo de vergüenzas. Casas fascinantes mirando hacia los yates amarrados en la bahía. Prohibidos los tours en autobús, las furgonetas, las Trucks, todo muy civilizado. Con una aureola recargada para la cual la perfecta guinda es el Palace of Fine Arts, un edificio de comienzos del Siglo XX, construido para la Exposición Internacional de 1915, que está en proceso de restauración y que resulta completamente anacrónico en ese entorno. La perfecta copia kitsch de un templo que recuerda más un decorado de Indiana Jones que otra cosa.


No, no es un Hollywood gótico, es San Francisco...

Desde Marina volvimos hasta Union Sq. tomando un autobús, el 30. Como ya he comentado los autobuses pueden tardar un poco en llegar pero son el método más rápido para moverse por la ciudad. Este en concreto atraviesa parte de la ciudad por Stockton St., una de las arterias de Chinatown y donde de no haber estado muertos de hambre y reventados habríamos explorado más. Volveremos a Chinatown ya que es simplemente impresionante. En pocos minutos dejas de estar en Estados Unidos para encontrarte en un zoco de China, en el que los rostros occidentales son simplemente una anécdota.

Era el momento de comer y era el momento de estrenar el casillero de hamburguesas, que hasta ahora no habíamos catado. Pero puestos a comer hamburguesa qué mejor que hacerlo con clase. De forma que elegimos John´s Grill, un restaurante de comienzos del Siglo XX, en el que a ritmo de Jazz (mi santa es feliz cada vez que suena esa música) nos hemos sentido por un momento transportados a la época del Halcón Maltés. Tuvimos suerte y sin reserva conseguimos comer (las 2 y media de la tarde no es un horario muy normal para ellos) sin gastarnos un dineral. Eso sí, en esta ocasión tuvimos que renunciar a pedir vino, y es que todavía quedan muchos días y muchos sitios por descubrir.


Había que hacerlo, había que hacerlo, había que hacerlo....

Hoy buena parte de los habitantes de la ciudad están como locos por el partido que enfrentará al Real Madrid con el América. Hubo un momento en el que pensamos en ir, pero finalmente decidimos que era demasiado caro y que para ver un partido del Madrid no nos hemos venido tan lejos. Así pues, mientras Cristiano Ronaldo y sus compinches le pegan patadas a un balón yo me voy a Andronicos a comprar una botella de vino para entrar en calor esta fría noche de agosto...

(Te recuerdo que puedes votarme una vez al día para pasar un año sabático en La Rioja. Si el enlace no funciona vuelve a intentarlo, a veces la "ñ" se atasca...)

miércoles, 4 de agosto de 2010

El día que salí huyendo...

El argumento que he utilizado una y otra vez cuando alguien me preguntaba para qué nos veníamos a California este verano ha sido el de conseguir mejorar mi inglés. Un mes tomando un curso intensivo de esa lengua endemoniada. Veinte horas a la semana, de lunes a jueves, para dejar así espacio a disfrutar los fines de semana y volver a España descifrando los discursos de Obama. Esa es una razón de suficiente peso como para que te miren y te admiren. Para que digan "Jo, qué tío, renuncia a sus vacaciones por irse a estudiar, sí señor..."


A veces la irracionalidad está dentro de uno mismo...

Busqué y encontré la academia de inglés por Internet. En Berkeley hay muchísimas opciones, pero por precio y por situación la Berkeley English Academy me pareció la mejor opción (la web es un espanto, lo se...). 450 $ por cuatro semanas de curso intensivo. Buenos comentarios sobre ellos en Internet y buena respuesta a mis preguntas a través de correo electrónico en las semanas previas al viaje. Inicialmente ayer era el día en el que iba a comenzar el curso. Tras ver San Francisco e irme de concierto, el lunes empezaba la faena. Pero mi santa, que a la sazón habla inglés casi como yo, tenía una reunión con el director de una de las bibliotecas de la Universidad y estaba algo nerviosa por poder tener dificultades para entenderle. De manera que emulando a la peli de No me chilles que no te veo dejamos el comienzo de las clases de inglés para hoy. Eso sí, pasamos por la escuela para ver como era, para cerciorarnos del precio y para llevarnos esos papelitos que todas las academias de inglés tienen y que te prometen el aprendizaje mágico en un par de sesiones.

El día salió bastante bien ya que la reunión con el profe de Berkeley nos mostró que realmente nuestro inglés no es tan malo (de hecho es excepcional, ha debido pensar el geniecillo ese que tenemos metido en la cabeza...) y pasamos la matinal recorriendo la universidad y disfrutando con el ambiente que Berkeley sigue manteniendo. Una universidad impresionante, tanto por su tamaño, por sus instalaciones, como por el perfil de sus estudiantes. Si me hubieran dicho que me encontraba en un país asiático me lo habría creído. Miles de estudiantes de ese origen hacen invisibles el resto de nacionalidades, incluyendo a los americanos caucasianos. Hablamos con varias personas a lo largo del día y todos ellos nos contaron que los asiáticos mantienen un nivel de esfuerzo tal que desde que son niños están preparándose para entrar en la universidad. La Universidad de California en Berkeley es pública (lo que no quiere decir que sea barata) pero solo acepta a los mejores. Y hoy por hoy los mejores son los asiáticos. Sorprendente e impresionante.


Miles de estudiantes, miles de asiáticos...

El día pasó con bastante tranquilidad, sin hacer nada en especial y solamente marcado por el puñetero clima de esta ciudad que empieza a resultarnos un poco cansino. De acuerdo, en España hace un calor de mil demonios, pero estar con calefacción en pleno agosto no parece muy normal. Y así es, no pasamos a partir de las cinco de la tarde de los 10º y, especialmente mi santa, comienza a estar hasta el gorro.

No obstante, hoy era el día. Vuelta al trabajo, vuelta al aprendizaje. Por fin iba a desentrañar los arcanos misterios de la lengua de Shakespeare. Con los 450 $ en el bolsillo, presto a hacer la matrícula, sentado en la sala de espera, sentía como el aprendizaje estaba a punto de entrar por todos mis poros. Entraba mucho. Tanto que de repente me sentía como cuando tenía 10 años e iba al dentista (lo de los años es un suponer, hoy me sigue pasando lo mismo). Con una ventaja: que podía salir corriendo sin que mi madre me montase el numerito. Mi santa lo entendió perfectamente. O más bien no tuvo opción. Las razones que un "pellero" es capaz de dar pueden desarmar a cualquiera: "no me apetece, no tengo ganas, me agobia el sitio, vaya rollo...". Qué hacer cuando un adulto se pone cabezón. Pues simplemente dejarle que se estrelle. Y eso supongo que es lo que me ocurrirá a mi. Volveremos de Estados Unidos y seguiré siendo incapaz de chapurrear en inglés más allá de cuatro expresiones mal tiradas. Pero es mi sino, continuaré esperando a que inventen la pastilla mágica, a ver si a Tito Jobs se le ocurre...


Si inventaron esto, por qué no la pastilla mágica...

Así pues, tras huir nos dedicamos a vagabundear de nuevo por la Universidad, a descubrir las tiendas de Telegraph Ave., especialmente la sede local de Amoeba, el paraíso del comprador de discos, a descubrir recónditas terrazas como la de Jupiter, un fantástico garito en el que ahogué los pocos remordimientos que me pudieran quedar por mi traición formativa a base de cerveza fría (la mejor forma de hacerlo) y acabamos comiendo en The taste of Himalayas, un restaurante nepalí en el que me apreté un plato de pollo tikka massala que no estuvo nada mal regado con una Real Gold, una cerveza del nepal que, como curiosidad puede servir, pero poco más.


Real Gold, ahora entiendo por qué acaban haciéndose budistas...

Al día le quedan horas por delante, pero es momento de empezar a pensar en preparar el comienzo de la campaña de Sabático en La Rioja. En definitiva este blog surgió por ese proyecto y mañana comienzan las votaciones para conseguir pasar a la final. El vídeo que he grabado con mi presentación es absolutamente espantoso, pero sigo pensando que lo mio no es la tele, así que mal pinta la cosa como los organizadores del sabático quieran a alguien que sea guapo y agraciado frente al piloto rojo. En cualquier caso os recuerdo que me podéis votar a diario en la página del concurso (aunque previamente tenéis que registraros y haciéndolo a lo mejor sois vosotros los que ganáis un fin de semana de sabático en La Rioja) y que con llegar a la final ya me sentiría ganador. Así pues, si te gusta mi proyecto, y si te apetece, cuento con tu voto...


Ya sabes, es por una buena causa... o al menos por una causa divertida...

martes, 3 de agosto de 2010

Dynamite!

Ayer tocó hacer el primer concierto del periplo americano. Mi santa descubría unas semanas antes de venirnos a San Francisco que Scorpions estarían tocando muy cerquita, en Concord, de forma que cual sufridora acabó contándomelo. Los que me conocen bien saben que el Heavy Metal es mi vida, de manera que no podía ser de otra forma, iríamos al concierto costase lo que costase.



El sonido no es muy bueno, pero el testimonio es lo que importa...

La compra de las entradas la hice a través de Internet, en la página de Live Nation y a decir verdad no me resultaron muy caras, 27,50 $ (eso sí, en el gallinero, como acabaríamos comprobando). Lo bueno de comprar en Live Nation o en Ticket Master es que no es necesario que te envíen los tickets a casa. Imprimes el comprobante y cuando llegas al evento, en unas taquillas expresamente creadas para ello, te identificas y te dan la entrada. Es la mejor forma de comprar entradas desde España si vas a acudir a un concierto fuera, aunque eso sí, si eres un coleccionista piensa que son más feas incluso que las de gitanicket y que, por supuesto, también irán cargadas con gastos de distribución.

Concord está aproximadamente a una hora de camino desde Berkeley, pero el Sleep Train Pavilion, el auditorio donde era el evento, queda a las afueras de la ciudad, de forma que para llegar hasta allí teníamos que alquilar un coche, el primero del mes. Coche que sabíamos que tendríamos que reservar pero que dejamos de hacerlo hasta la misma mañana del concierto, sin pensar que tal vez no fuera tan fácil encontrar uno disponible. Domingo por la mañana y nuestro agobio se iba acrecentando a medida que veíamos en las distintas páginas de las agencias de alquiler que, bien no estaban abiertas, bien no tenían automóviles disponibles. Definitivamente si vas a alquilar un coche hazlo con días de antelación, no esperes hasta el último momento.

Finalmente encontramos una agencia de AVIS que abría el domingo y en cuya web aparecía que tenían coches disponibles, no demasiado lejana de casa, cerca de University Ave. Allí nos encaminamos para vivir una situación un tanto kafkiana que, pese a todo resultó mucho mejor de lo que podía haber sido: al llegar a la agencia, a eso de las 10 de la mañana, una pareja estaba esperando antes que nosotros. Cuando les tocó el turno la empleada les explicó que no había coches disponibles y que, de hecho sería difícil que encontraran un coche de alquiler un domingo por la mañana. Nuestra cara de españoles incautos debió delatarnos presa del pánico.

El oasis del que sacamos petróleo... o más bien algo que tragaba petroleo...

Cuando nos tocó acercarnos al mostrador no sabíamos exactamente qué decir. Bueno, si, chapurrear un "querer coche, hoy, solo un día, mi tener Heavy Metal Concert en Concord, zankiu". Más o menos debió ser eso lo que entendió la señorita que nos atendió y estoy seguro de que el Heavy Metal obró milagros pues la secuencia de los hechos fue la siguiente, en apenas dos minutos: "No nos queda ninguno, pero si esperáis media hora nos va a entrar uno, dame tus datos, debes entregarlo con el depósito lleno, toma las llaves". Si, así mismo, o más menos... Lo cierto es que no tuvimos que esperar media hora, que nos alquiló un Clase B (un poquito mejores que los vehículos más económicos), un VW Jetta nuevecito a precio de Clase A y, que de forma incomprensible, menos de 10 minutos después de entrar en AVIS ya estábamos paseando sobre cuatro ruedas. De acuerdo, mi inglés deja bastante que desear, así que estoy convencido de que la dependienta decidió alquilarnos el coche sobre la marcha por alguna extraña razón arcana (que sigo pensando que tenía mucho que ver con mi camiseta de Los Suaves).

Chulo, muy chulo...

Pensar en conducir en Estados Unidos es pensar en sentarte en un coche automático. Y si no lo has hecho nunca siempre surgen las mismas dudas. ¿Será muy complicado? ¿Notaré la falta del tercer pedal? ¿Meteré la pata en un embrague inexistente? Pues bien, cualquier artículo que lees sobre ello siempre dice lo mismo: tras conducir un automático no querrás volver a usar un coche con cambio manual y es totalmente cierto. Son fáciles de utilizar, cómodos, no se calan, no se van para atrás en las cuestas, aceleras y frenas. Y si le pisas tiran, vaya si tiran, aunque mucho ojito con eso por estas tierras... A pesar de todo seguiremos pensando que lo que nos gusta es quemar embrague ya que siempre parece que lo nuestro es lo mejor, pero aquí no queda otra que acostumbrarse, así que durante un buen rato nos dedicamos a dar vueltas por Berkeley motorizados y a descubrir la ciudad a la americana, tras el volante.

Aprovechamos también para pasar por el tercer supermercado del viaje (cuanto más odio ir de compras más me toca hacerlo... tres en tres días, vaya...) para aprovechar el maletero del coche y así poder hacer una compra mayor y, tras la comida y la consabida sesión de yoga hispano, nos encaminamos hacia Concord.

Ferrán Adriá  y su aceite a precio de... si de...

Efectivamente en poco más de una hora nos encontramos en el recinto del concierto. Gracias al GPS, por supuesto, ya que el auditorio está un tanto oculto si desconoces su situación. Allí nos encontrábamos, prestos a disfrutar de Cinderella y Scorpions rodeados de Heavys desde los 12 a los 60 años. Un público bastante diferente al que suele acudir a conciertos de Heavy Metal en España. Mucho más ecléctico y en el que lo mismo podías ver ancianas venerables empujando un tacataca que Hard Rockeras ochenteras de pelo cardado mostrando carne con profusión. Interesante mezcla humana con mismos gustos musicales en común.

Nuestras entradas estaban en el Lawn, el gallinero más absoluto. Y el Pavilion es lo suficientemente grande como para que el gallinero esté muy lejos del escenario principal. Eso sí, al menos los poseedores de entrada de "Lawn" pueden sentarse en una tupida hierba. Hierba que había sido regada previamente a la llegada de las huestes metaleras, por lo que optamos por poner cara de nosesiestesmisitio y finalmente vimos todo el concierto justo detrás de la zona de minusválidos entre los bloques 204 y 203. A decir verdad intentamos que esa cara de nosesiestesmisitio nos sirviera bajando hasta la primera fila del pit y casi lo conseguimos. De hecho allí estuvimos viendo a los teloneros, Cinderella, hasta que un señor con muy poca pinta de Heavy y con menos pinta de colega de buen rollito nos invitó poco amablemente a salir de allí pitando.

Otro auditorio para la buchaca y el recuerdo...

En fin, vimos el concierto bastante atrás, pero aun así lo disfruté como siempre. Esta ha sido la sexta o séptima vez que veo a Scorpions y creo que ha sido una de las mejores. En teoría es su gira de despedida (a la que sin duda seguirán las de la vuelta, revuelta y postjubilación) y el próximo invierno recalará en España donde habrá que verles de nuevo. No me explayaré aquí sobre la actuación pero si os gusta la banda alemana podéis leer mi crónica del concierto en Rafabasa en pocos días.

Scorpions en USA merecían un saludo gallego y de Los Suaves...

Eran las 10:30 pm cuando el concierto llegaba a su fin y cuando recogíamos el coche nos llevábamos el gran susto del día. Al meter la llave y girar el contacto nada ocurría, salvo un testigo encendido en el salpicadero avisando de un problema mecánico. Durante unos minutos este Heavy Metalero viajero sentía como la cara se le ponía de color verde. La situación era cuando menos terrorífica: tirados en un descampado, a hora tardía, sin teléfono, y hablando el inglés como los indios cabreados.

Afortunadamente, como en las malas pelis de terror el coche decidió arrancar tras escuchar unos cuantos exabruptos que no reproduciré por escrito. El momento de tensión pasaba y lográbamos volver a Berkeley cansados pero felices del resultado de un día tan rockero como profuso en sensaciones apasionantes...

domingo, 1 de agosto de 2010

Las calles de San Francisco

Dicen que San Francisco es una de las ciudades más bellas de Estados Unidos. Que ha mantenido su esencia norteamericana sin perder la influencia europea y mexicana. Y que su arquitectura es tan ecléctica como las personas que la habitan. Todo ello puede ser cierto o simplemente la coletilla de cualquier guía de viajes. Pero de lo que no cabe duda es de que su arquitectura como ciudad es muy diferente de las clásicas urbes norteamericanas. Todo tiene cierta sensación de deja-vu, parecido al que puedes notar en Nueva York, sentimiento de conocer muchos de sus rincones y tenerlos grabados a fuego en tu piel, aunque nunca hayas estado allí. Y es que decenas de años viendo pelis, hacen que la sensación se acreciente y te veas arrastrado a un paisaje que te ha atrapado una y mil veces.


El paraíso de un patinador... bajando...

Tomamos el BART temprano desde North Berkeley en dirección a Embarcadero, la primera estación de San Francisco. La línea roja (el BART tiene cuatro líneas, roja, naranja, amarilla y azul) nos llevaba directa al corazón de la Bahía. Pero tuvimos que hacer un transbordo ya que la empresa propietaria del sistema de transporte había decidido hacer labores de mantenimiento el sábado por la mañana. No importó y, de hecho, sobre la marcha decidimos cambiar nuestro destino y en vez de bajarnos en Embarcadero lo hicimos dos paradas más adelante, en Powell St. Powell está en el corazón de Union Square, una de las zonas comerciales más importantes de San Francisco. Y desde allí salen dos de las tres líneas de tranvías que recorren la ciudad. Los tranvías de San Francisco subiendo sus cuestas, tal vez el recuerdo más imborrable que todos tenemos aunque no hayamos estado nunca aquí. Así pues decidimos hacer el turis un poco y nos dirigimos a la parada del tranvía (llamado aquí Cable Car al ser arrastrado por cables subterráneos que recorren la ciudad).


El tranvía que no tomamos, pero que nos sigue fascinando

Cuando uno toma decisiones así tal vez no cuenta con que miles de personas han decidido leer tu mente. O tal vez todos ellos sigan mi Twitter y se enteraron de que pensaba coger el tranvía. Pero lo que está claro es que cientos de personas aguardando una inmensa cola para subir en el pequeño cochecito tirado por cables hizo que desistiéramos y que afrontásemos que el tranvía es bonito, para verlo pasear y, tal vez, para montar en él, pero alejados de las salidas de línea. Por cierto, su precio es de 5 $ y si lo vas a coger debes haber comprado previamente el bono, ya que al parecer no cobran dentro del tranvía pero sus conductores no son especialmente dueños de la mayor amabilidad del mundo.

Así pues, con la mirada hacia la cumbre de Mason St. iniciamos la escalada hacia Nob Hill, una de las zonas más lujosas de la ciudad. Las rampas que hay que escalar son absolutamente brutales. Llegamos a ver una motorreta de esas de alquiler con tres ruedas literalmente clavada en una cuesta y sin posibilidad de moverse un solo metro salvo que la empujaran. No obstante la visión hacia abajo es impresionante. ¿Quién no ha visto Bullit y su famosa persecución? Pues ese escenario es imposible captarlo mejor con una cámara. Majestuoso y fascinante.




Vale la pena volver a disfrutar con aquella escena de Bullit

Llegamos a la zona más alta de la ciudad e hicimos la parada obligada en la Catedral. Es curioso como los españoles tenemos esa capacidad de sentirnos atraídos (y críticos) hacia las catedrales, allá donde estén y tengamos las creencias religiosas que tengamos. La Catedral no es especialmente vistosa, aunque los amantes de este tipo de construcciones podéis disfrutar con sus vidrieras, tal vez lo más reseñable del conjunto. La entrada es libre, aunque hay un cepillo a la entrada que "aconseja" dejar una limosna de 10 $.


Atípica estampa catedralicia en medio de dos rascacielos

Desde la Catedral iniciamos el descenso hacia Fisherman´s Wharf por Mason St. Habíamos pensado pasear por Chinatown y North Beach, pero como va a haber más días, nos dejamos llevar por el imán que supone ver el Pacífico con la Isla de Alcatraz al fondo. Así pues paseamos por Rusian Hill siendo conscientes de la gran cantidad de chinos que habitan en la ciudad y que incluso han escapado del espacio en el que tradicionalmente se asentaban.


La Virgen de Guadalupe... y China...

Y en ese entorno en el que los caracteres incomprensibles acechan hasta colgados de los árboles, la sorpresa española de la mañana. Un bar de tapas, La Lola, ondeando orgulloso la bandera de nuestro país. Estaba cerrado, pero aun así no pudimos dejar de hacerle una foto para que aquellos que queráis iros de tapas en San Francisco lo tengáis en cuenta.


La Lola, tapas madrileñas en el corazón de San Francisco

La bajada desde Columbus nos permitió ver a lo lejos Lombard St. Habríamos subido para hacer fotos a sus famosos giros, pero la caminata ya era imponente y hay muchos días por delante. Eso sí, desde la parte de abajo resulta tan impresionante como cualquiera podría imaginar. Y desde allí a Fisherman el final de nuestro paseo callejero y el comienzo de la fiesta.


La primera cata del viaje: Shanon Ridge, Sol Rouge Rosado 2008, Vines of the Marycrest, Vie y Sol Rouge Tinto 2006

Y es que nuestro viaje no olvida en ningún momento el vino. Y en California han sabido hacer de la venta de sus caldos un arte. Entramos en Winery Collective, y comenzó la cata del día. Cinco referencias por 15 $. Podríamos haber optado por otra cata, pero para ser el primer día nos pareció bien. Cinco vinos de calidades y procedencias diferentes, de Lake County, la zona norte de Napa Valley, y de Santa Barbara, de los cuales nos gustó especialmente el Shannon Ridge, un Chardonay blanco con un punto interesante, muy afrutado y con la acidez justa.

Winnery Collective nos sorprendió también por su conocimiento de los vinos españoles y especialmente por su "Free Corbage", esto es, la posibilidad de comprar el vino que quieras y bebértelo en cualquiera de los restaurantes concertados con ellos. El precio del vino resulta así mucho más ajustado, ya que las botellas de vino en los restaurantes suelen ser mucho más caras, además de estar grabadas con mayores impuestos. Así pues, decidimos comprar una botella de Shannon Ridge y nos lanzamos a la aventura de encontrar el restaurante en el que habíamos decidido comer.


Los vinos que cayeron... y los que quedan...

Pero cinco vinos pueden ser demasiado para la memoria. No conseguimos encontrar el restaurante en el que pensábamos comer, pero por fortuna recalamos en Blue Mermaid, cuya sirena azul nos recordó que allí también podíamos hacer uso del "Free Corbage". Al final fue una gran decisión, tanto por la cocina, un Seafood Trio (Salmón, gambas y pastel de cangrejo con guarnición de puré de patata y bacon y judías verdes) como por la amabilidad de Loreto, la jefa del restaurante. Una chilena fantástica que canta, que está grabando un disco, que tiene una banda en la que toca el piano una española, un amigo de Barcelona que está estudiando cine en San Francisco y que nos hizo sentir como si la conociéramos de toda la vida en los minutos que hablamos con ella. Posiblemente Loreto vuelva a aparecer en este blog, ya que nuestra primera amiga hecha en San Francisco tiene muchas cosas interesantes que contar.


The Seafood Trio. Un plato delicioso

Un español, en verano, comido y bebido, a las tres de la tarde, ¿qué hace? Uno no sé. Pero este que escribe duerme la siesta. Da igual en USA o en la conchinchina. Así que tras coger el autobús "F", que pasea por The Embarcadero y fijar próximos objetivos para la siguiente visita a San Francisco, no eran las cuatro de la tarde cuando comenzábamos una sesión morrocotuda de yoga a la española que casi acababa cuando empezaba a oscurecer.

De hecho el final del día nos alcanzó en un nuevo supermercado, Trader Joe´s, bastante más económico que el Andronicos en el que estuvimos el primer día. Original, eso sí. Tanto por la cantidad de productos denominados "orgánicos" que ofrecen (a precio muchísimo más caro de lo habitual), como por su negativa a vender Coca-Cola (es la primera vez que me miran mal cuando preguntamos si tienen el líquido del Imperio) y por ser uno de esos sitios donde se esconden las clementinas españolas, aquellas frutas que compraban nuestras madres hace años y que desaparecieron de las tiendas de forma tan sospechosa para ser sustituidas por mandarinas pequeñas. Ah, globalización...


Aquí están las clementinas, no las busques en el mercado...

El sábado terminaba con nosotros acostándonos algo más tarde. No obstante a las cinco de la mañana ya estábamos en danza. Y es que todavía no somos capaces de hacernos al horario. En cualquier caso hoy va a ser un domingo completito. En un rato tendremos que buscar un Rent a Car que abra el domingo, para alquilar un coche con el que acercarnos a Concord, donde esta noche tocan Scorpions y disfrutaremos nuestro primer concierto en tierras californianas. ¿Se puede pedir más?...

(Si quieres seguir el viaje casi minuto a minuto, no dejes de echarle un ojo a mi Twitter. Habiendo Wifi las actualizaciones son permanentes...)